El Jardín del Edén estaba en el oeste de África

A la hora de hablar de los orígenes de la humanidad, el sitio de la Garganta de Olduvai sobresale de forma consistente por sobre los demás. Aquí se hallaron los fósiles de Homo Hábilis más antiguos. Sin embargo, cuando avanzamos en el tiempo para rastrear el origen del Homo Sapiens, la claridad se vuelve más difusa.

No existe consenso absoluto respecto a donde estuvo situado el “Jardín del Edén” de los primeros humanos; sin embargo, un estudio dirigido Sarah A. Tishkoff de la Universidad de Pennsylvania y publicado en la revista Science aporta nuevas claves interpretativas que lo sitúan en el oeste africano.

El desierto del Kalahari, justo donde hoy se encuentran las fronteras de Angola y Namibia, habría sido la cuna de la humanidad según esta hipótesis, la cual se basa en la evidencia genética y lingüística, y que ha encontrado una amplia diversidad genética en la región.

La investigación, una de las más ambiciosas de su tipo, ha identificado catorce poblaciones con diferentes ADN en la región en base a la evidencia actual. La lógica indica que el origen de la población yace donde existe mayor diversidad genética, y este es el caso.

Además de esta evidencia genética, Tishkoff ha estudiado los árboles lingüísticos de las poblaciones actuales de la región, demostrando que todas pertenecen a un tronco común emplazado en esta zona del continente. Los investigadores explican que lo que tienen estas familias lingüísticas en común es la utilización de chasquidos.

De hecho, la etnia que hoy ocupa esta región inhóspita es la célebre San, también conocida como Bosquimanos o !Kung (el ! se pronuncia como un chasquido), cuyo lenguaje muestra muchos usos del chasquido. No obstante, esta población no sería descendiente directo de los habitantes del Jardín del Edén, sino que habrían venido desde una ruta migratoria externa.

La teoría, de todos modos, es cuestionable. La evidencia genética no es la única que puede probar el origen de una población. El registro fósil es ausente, y la evidencia lingüística ha probado en más de una ocasión no ser un instrumento del todo fiable para este tipo de estudios. Sin embargo, puede aportar a pensar nuevos lineamientos  y perspectivas en torno al origen de la humanidad que podrían dar con la clave de esta interesantísima cuestión.

 

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